LA SUERTE FAVORECE A LA MENTE CONECTADA

Tengo la manía de distraerme fácilmente y de andar a mil por hora, y una paciencia que se manifiesta en extremos. Gracias a ello, salto de una idea a otra, pero siempre con el miedo de haber dejado algo a medias. Una profesora en el colegio, por ejemplo, me decía a menudo que en mis escritos asumía que el lector podía deducir mi análisis y que no tenía necesidad de escribirlo. Hacer esta columna mensual es el ejercicio que me he propuesto para combatir este defecto, enfocándome en los temas que me distraen de las tareas actuales que tengo en el día a día.

Creo que varios escritores estarían de acuerdo conmigo cuando digo que no siempre es un placer escribir, aun cuando se hace por placer (valga la redundancia). A veces no tengo ni idea de qué escribir; otras veces hay un tema que me interesa pero no le encuentro un ángulo novedoso y no quiero repetir mecánicamente una idea que quizás otro ya ha dicho de mejor manera; y no faltan los días en los que creo tener una idea buena en la punta de la lengua, pero sigue demasiado abstracta y no logro expresarla. Los mejores días para escribir son cuando una idea está tan bien formada en mi cabeza, que se escribe casi sola.

Coincidencialmente, esta semana vi una charla de TED: Tecnología, Entretenimiento, Diseño (en inglés: Technology, Entertainment, Design), de Steven Johnson, sobre el origen de las buenas ideas. Se enfocaba en encontrar qué tipo de planos crean los entornos necesarios para fomentar niveles altos de innovación y creación. Su explicación nos lleva por las “redes liquidas” de los cafés londinenses, las corazonadas de Charles Darwin, hasta el Internet de hoy en día. Explica que el café londinense, y la transición del licor al té y al café, fue crucial en el desarrollo del movimiento filosófico del siglo XVIII. A estos cafés llegaban transeúntes (más despiertos y menos borrachos) y charlaban, compartiendo así sus experiencias e ideas y generando grandes cambios. Así que Johnson analizó varios entornos (académicos, científicos, biológicos, laborales, sociales, etc.) buscando patrones, pero rápidamente se dio cuenta de que para identificarlos había que hacer a un lado el lenguaje convencional que se usa para describir el proceso de tener una idea, porque estas palabras indican que pensamos que es instantánea. Por ejemplo, cuando tenemos una buena idea solemos decir que “tuvimos una revelación”, que “tuvimos un momento de inspiración”, “un golpe de suerte” o que “nos iluminamos”. Estas metáforas comparten la misma suposición básica y la misma creencia arraigada: una idea es una sola cosa que sucede, a menudo, en un solo momento.

Pero una idea nueva está compuesta por una red de sub-ideas, organizadas de una forma que quizás no se nos había ocurrido antes. Tomamos ideas de otras personas, ya sean sólidas o defectuosas, y las reorganizamos creativamente hasta encontrar como encajan, creando así la anatomía de una idea nueva. Johnson encontró que en reuniones donde personas pueden reportar y discutir diferentes análisis, incluyendo datos y errores, es cuando más se desarrollan las nuevas ideas. Esto quiere decir que estas ideas, entonces, no se desarrollan en “un momento de inspiración”, sino que tienen largos periodos de incubación. Muchas veces, una idea empieza como una corazonada y no hay forma de determinar cuánto tiempo la idea estará latente o se demorará en manifestarse, ya que depende de tener las herramientas precisas para descubrirlo. Johnson usa el ejemplo de Darwin, quien contaba que la idea sobre la evolución se le había ocurrido un instante después de haber leído las teorías de Malthus sobre la población. Sin embargo, en los muchos apuntes de Darwin de una forma u otra esta idea incipiente está claramente registrada. Darwin había tenido el concept casi completo, pero no pudo terminar de desarrollarla hasta no hacer la conexión con las teorías de Malthus.

Esto probablemente parece obvio pero tiene varias implicaciones. La razón por la cual los países en vías de desarrollo, por ejemplo, luchan para combatir la fuga de cerebros es precisamente para fomentar la innovación en su territorio. También debemos caer en la cuenta de que la forma en la cual pensamos sobre este proceso de creación ha influenciado cómo protegemos las ideas con el derecho de la propiedad intelectual y cómo incentivamos monetariamente la creación en cambio de compartir plataformas innovadoras.

Johnson no niega que completar la idea, o que una o varias personas entren en contacto con las herramientas y las ideas necesarias para terminar sus teorías, no tenga nada que ver con suerte o con un momento de iluminación, pero sus estudios definitivamente comprueban que el chance de que uno de esos momentos suceda se incrementa mientras más conexiones y menos protecciones haya entre ideas. Le conviene infinitamente a nuestra generación –sobre todo dada la tecnología que tenemos a nuestro alcance– enfocarse en la manera de fomentar dichos intercambios a nivel colectivo y cultivar las corazonadas a nivel individual. Yo, por mi parte, seguiré escribiendo columnas para explorar las mías.

Aquí les dejo la charla: www.ted.com/talks/steven_johnson_where_good_ideas_come_from.html

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This was originally published on 21 January 2014 on Programa La Llave. It can be found here

 

 

 

 

 

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