LECCIONES DE MANDELA PARA EL GOBIERNO COLOMBIANO

Nelson Rolihlahla Mandela, recién fallecido, no fue solo uno de los grandes héroes del siglo XXI, al lado de Martin Luther King y Mahatma Gandhi, sino el ícono mundial de la reconciliación. Pasó casi un tercio de su vida como prisionero, pero lejos de querer venganza, trató de cambiar al sistema que lo puso tras las rejas, y eventualmente logró una transición del poder relativamente pacífica que inspiró al mundo entero. Los logros de Mandela no tienen comparación.

En 1944 fundó el movimiento juvenil del Congreso Nacional Africano en busca del establecimiento de una república democrática. Cuando fue arrestado no negó su participación y declaró ante el tribunal: “Lo hice como consecuencia de una evaluación personal metódica y ponderada de este sistema que se caracteriza por la tiranía, la explotación y la represión de mi pueblo por parte de los blancos”. Lo acusaron de rebelión, sabotaje, terrorismo y conspiración. Lo condenaron a cadena perpetua por traición a la patria; por siempre, marcado como el reo número 46664.

Durante su tiempo en la cárcel, Mandela se seguía hablando con personajes como el general Constand Viljoen, jefe de la Fuerza Sudafricana de Defensa entre 1980 y 1985, los años más violentos y represivos de la era del apartheid; Niel Barnard, responsable del Servicio Nacional de Inteligencia en los años ochenta, considerado como uno de los hombres más siniestros de la época; y Kobie Coetsee, el último ministro de Justicia del apartheid. Sabía que para lograr los cambios que quería ver en la sociedad sudafricana, tenía que ganarse a sus enemigos y hacer que pudieran imaginarse un futuro compartido y en paz.

Para muchos no era evidente que mantener este tipo de diálogo iba a ser la herramienta más importante para lograr el cambio en Sudáfrica. En un mundo donde la violencia es todavía considerada la forma más eficaz de hacerse sentir, tildaban a Mandela de cobarde, como él mismo explicó en una entrevista: “Mi gente decía que yo tenía miedo. Decían que era un cobarde por tender la mano a los afrikaner. Pero yo no entré en aquel debate con ellos. No les dije nada. Sabía que tenía razón. Sabía que ese era el camino hacia la paz. Y, al cabo de algún tiempo, comprendieron que tenía razón yo. Han visto los resultados. Vivimos en paz”.

El modelo para el proceso de paz en Colombia nace directamente de este ejemplo. Juan Manuel Santos varias veces ha dicho que esta creencia en el poder del diálogo y del perdón guía el proceso de paz con las Farc. Hay varios puntos en discusión en la mesa de diálogo, uno de ellos es el tema de los derechos de las víctimas del conflicto y la forma como se llevará a cabo su reparación. Esta reparación incluye compensación material y la conformación de una comisión de la verdad para dar a conocer la historia real sobre los diferentes hechos. La reunificación social de la nación colombiana depende de que nos perdonemos las ofensas, para poder empezar a reconstruir el país que queremos.

El proceso de paz ha generado varias discusiones y puntos de vista, casi a costa de lo que más necesita el país en este momento: la unión. No quiero decir que todo colombiano tenga que pensar igual y tener las mismas opiniones para poder lograr la paz después de tantos años de conflicto; pero sí deberíamos tener en cuenta que, por lo menos en teoría, todos estamos tratando de llegar a la misma meta y que somos parte del mismo equipo. Por eso me pareció curioso y simbólico que después de semanas de estarse atacando públicamente por varios temas, Santos invitara a los expresidentes de la República, Álvaro Uribe, Andrés Pastrana, Ernesto Samper y César Gaviria, a que viajaran juntos al entierro de Mandela con la esperanza de que pudieran deponer sus malquerencias. Los últimos ataques públicos ad hominem solo sirven para restarle energía a los diálogos que sí se necesitan y para que el pueblo pierda confianza en sus líderes. Luchar por esta visión compartida debería ser el enfoque primordial.

Para el desenlace del proceso de paz todavía falta mucho y no hay forma de que no sea difícil de implementar por la complejidad del conflicto. Pero si la clase dirigente y el Gobierno colombiano verdaderamente van a seguir a Mandela como ejemplo e inspiración, deberían caer en la cuenta lo más pronto posible que aun cuando Mandela cometía errores, aplicaba su filosofía en todo el aspecto de su vida política, tratando a todo el mundo con respeto, sin excepción de diferencias ideológicas. ¿Cómo se van a sentar a dialogar con guerrilleros si entre ellos están demasiado ocupados desquitándose por ofensas viejas y, en algunas instancias, por desprecios imaginados?

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This was originally published in 24 December 2013 on Programa La Llave. It can be found here

 

 

 

 

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