MÁS PREGUNTAS QUE RESPUESTAS

En esta columna quiero seguir explorando la intersección de las redes sociales y las manifestaciones que se están viviendo alrededor del mundo, pero yendo un paso más allá. ¿La magnitud de la participación cívica que se ha logrado gracias al uso de estas redes ha sido un agente catalizador para un cambio verdadero, o solo un breve destello de acción?

La imagen que acompaña este escrito la puso en Instagram hace unos días una buena amiga que vive en Turquía, junto con el hashtag “twitterisblockedinturkey” (“Twitter está bloqueado en Turquia”). Buscar otras imágenes etiquetadas así lleva a muchas variaciones de la misma idea; incluso, hay una marcada como “Twitler”, en una comparación poco sutil a Hitler.

El año pasado, durante las protestas en la plaza de Gezi, el Gobierno trató de limitar el uso del Internet. Cuando la situación política se normalizó, igualmente se normalizó el acceso al Internet. Entonces, ¿qué fue lo que provocó esta nueva respuesta del Gobierno? La semana pasada murió Berkin Elvan, de quince años, después de estar en coma durante 269 días. El niño iba a comprar pan durante las protestas en la plaza de Gezi cuando le cayó una granada de gas lacrimógeno en la cabeza. Su cara se convirtió en el emblema de la resistencia cívica del pueblo turco, al ser compartida en redes sociales. Su entierro se convirtió en una demostración masiva cuando llegaron más de 100.000 personas.

¿Quién organizó semejante nivel de participación cívica? Nadie en particular. Los papás del niño anunciaron su muerte por Twitter, con una frase sencilla: “Perdimos a nuestro hijo”, seguido por la fecha del entierro. Fue suficiente para que el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, bloqueara Twitter en Turquía otra vez, tal como habían tratado de censurar otros medios y redes durante mayo de 2013. Twitter y Google publicaron cómo eludir esta censura; pero al poco tiempo, el Gobierno lo bloqueó en un nivel más alto. Ahora reportan que está considerando bloquear Youtube. Y esto es debido a que el parlamento turco pasó una ley que implementa la habilidad del Gobierno para censurar contenido en línea y expandir la vigilancia sobre sus ciudadanos. ¿Será que esta nueva erupción de voces pidiendo un cambio, silenciadas tan abiertamente por su propio Gobierno, se evidenciará en las próximas elecciones? Los expertos pronostican que el partido político dominante no cambiará.

Igualmente en Venezuela sigue la lucha para sacar a Maduro, o por lo menos para lograr que se implementen nuevas políticas económicas. El pueblo y el equipo de Leopoldo López han logrado movilizar a miles de personas durante más de un mes, regando la voz, y publicando imagen tras imagen en las redes sociales. La lucha, la tenacidad y el aguante del pueblo venezolano son de admirar, ¿pero será que en los días y meses que vienen se sentirá un cambio verdadero?

¿En dónde está la falla? ¿Por qué algunas de estas manifestaciones son exitosas y resultan en cambios tangibles y otras no? Quizá sea prudente definir el éxito en este contexto: es decir, que estas manifestaciones masivas (pacificas o no tan pacificas) resulten en un cambio de política sustancial, reflejando así la cantidad de gente que se está tomando la calle para pedir el cambio en cuestión. ¿Cuál movimiento ha sido exitoso desde este punto de vista? ¿La revolución en la plaza de Tahrir en Egipto que terminó en la resignación de presidente Mubarak en 2011 y la derrocada de Presidente Morsi en 2013?

En cuanto a Ucrania, la pregunta tal vez no sea justa ya que pasó de ser un tema de descontento civil a un tema geopolítico con implicaciones internacionales graves, un aspecto que no comparten todas las revoluciones (por lo menos no al mismo nivel). Pero igual, pareciera que en Ucrania lucharon por un cambio socioeconómico y se les salió el tiro por la culata: sí, lograron que Ucrania tuviera un acercamiento a la Unión Europea, pero a cuesta de perder a Crimea en un abrir y cerrar de ojos. Y se podría argumentar que el “acercamiento” a la Unión Europea no es tanto por el éxito de la revolución, sino por la locura con la cual ha contestado Vladimir Putin, que provocó que líderes europeos acogieran a Ucrania. ¿Un cambio, dado en parte por una voluntad interna ayudada por fuerzas externas, es sostenible? ¿Es un cambio verdadero? Falta ver cómo se comportan los altos funcionarios ucranianos en vista del miedo que infunde Putin.

Aunque hay más preguntas que respuestas, poco a poco se está viendo que no es suficiente, a pesar de que las redes sociales están dándole una gran ventaja a dichas causas y que su uso preocupa bastante a los regímenes opresores. Estas herramientas virtuales ayudan a que los movimientos crezcan en tamaño y fuerza sin necesitar tanta coordinación. Por una parte, esto lleva a que los movimientos tengan un periodo mucho más corto de incubación (contrario, por ejemplo, a lo que ocurrió con el movimiento por los derechos civiles en EE. UU. y con el movimiento chileno que culminó en el plebiscito que bajó a Pinochet del poder); pero, por otra, les falta tiempo para desarrollar la infraestructura necesaria para tomar decisiones clave y forjar las estrategias que les ayudarán a sostener el ímpetu. ¿Qué hubiera podido hacer Ucrania para tener un desenlace diferente? ¿Cómo pueden los manifestantes turcos lograr que los partidos políticos reflejen el zeitgeist y que no solo respondan con un títere nuevo? Es difícil afirmar que este aspecto es el único que falta. Por más preguntas que nos hagamos, lo único claro es que desde la Primavera Árabe, estamos presenciando algo histórico: las primeras revoluciones en este contexto sociológico tan particular, que depende tanto del individuo como agente a un nivel micro, como de la interacción de los sistemas y de las estructuras sociales a un nivel macro.

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This was originally published on 25 March 2014 on Programa La Llave. It can be found here

 

 

 

 

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